Es fácil olvidarse desde nuestra burbuja occidental de aquellas partes del mundo que no gozan de nuestro bienestar. Pero me pregunto qué clase de mundo deseamos para el futuro si éste cierra las puertas a niños y niñas que no disfrutarán de nuestras oportunidades. Es necesario, tanto como en el pasado, que abramos la puerta de la esperanza a aquellos que tienen más dificultades para que, mediante los estudios, puedan ellos también trazar un camino que les conduzca a algo mejor. Es por ello que Aulas Abiertas tiene un enorme poder de atracción sobre mí.
Desde que uno conoce este proyecto, en mi caso años atrás, comparte sin duda su filosofía. Existen muchas ONG y todas ellas realizan una enorme labor, pero Aulas Abiertas es distinta. Así lo creo. No se trata de ayudar a la infancia del Tercer Mundo, niños sin nombre de los que raramente veremos más allá de una foto. Aquí, y a través de Pilar, conocemos a los destinatarios de nuestra ayuda. Sus nombres, sus historias, sus carencias. No existen intermediarios que decidan como invertir los recursos económicos. El dinero va a quien lo necesita, con ese objetivo de mejorar la vida de los niños peruanos en quienes se centra el trabajo de Aulas Abiertas. Facilitar comedores escolares o comprar necesidades básicas puede cambiarles la vida. Y gracias a la ayuda de quienes deciden cooperar esos niños y niñas pueden continuar sus estudios. Como profesor sé bien la importancia que esto tiene. Es seguramente la única vía para que puedan alcanzar sus sueños.
Conocí a Pilar, y por ende a esta ONG, en una charla hace más de quince años en el centro en el que trabajo. Y cada vez que ésta se repite la impresión es la misma. El entusiasmo que les mueve es contagioso, esas ganas de ayudar, de compartir. Y siempre les digo a mis alumnos que ahí reside la felicidad. No en acumular posesiones sin sentido, sino en echar una mano, en ser solidarios. En echar la vista atrás y ver que aquellos pequeños gestos dieron sentido a nuestros días.
Cajamarca es una región deprimida en un país deprimido, y compartimos con sus habitantes mucho más que una lengua. Y creo que ese hermanamiento debería llevarnos al gesto de dar. Es una virtud que, en realidad, nos enriquece a nosotros. Nos llena de paz en este mundo convulso en el que vivimos. Y a la vez ayudamos a unos niños que no dejan de ser como los nuestros. Niños para los que la vida debería ser mucho más fácil.
¿Por qué siempre estaré a disposición de Aulas Abiertas? Porque no hay mejor manera de concebir la vida. Como decía Martin Luther King ojalá no hubiera necesidad de soñar, pero mientras el desarrollo económico y social no alcance a todo el mundo, debemos seguir soñando. Y, sobre todo, debemos seguir apoyando a aquellos que luchan para que esos sueños se cumplan. A aquellos cuyo esfuerzo se destina a que el camino de la infancia llegue lo más lejos posible.
Xavier Estévez (docente y escritor)
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